Roberto Echavarren

Prólogo a Misales

Marosa di Giorgio es antes que nada una gran observadora de la naturaleza, en un medio no urbano. Creció en la granja de su abuelo, un italiano emigrante que plantaba hongos, naranjas y viñas. Vivió hasta los dieciséis años en ese enclave. Una fauna y flora variados y sin deterioro, en el Salto de su infancia, nutrieron sus recuerdos para las extraordinarias transfiguraciones de su obra. Mantuvo siempre una mirada diferente, secreta, sobre las cosas, una vivencia del cuerpo no separado del entorno, sino cribado por criaturas existentes e inexistentes. “- Usted nunca tuvo hijos. – No. Aunque un día, cuando era chica, surgieron de mí, de mi pelvis, tres lagartos.” Huevos, insectos, mamíferos, salen de, o entran al cuerpo, son engendrados o intervienen en los adentros generando un disfrute intenso y sobrecogedor.

Las memorias campesinas interactúan con su vida ciudadana, pero la experiencia de la naturaleza, aprehendida por intuición en el ambiente de la chacra, arroja conocimientos de primera mano, interpretados por un razonamiento fecundo y singular que suele contradecir o poner entre paréntesis los conocimientos recibidos en el medio urbano, vale decir las representaciones que le llegan a través de la comunicación intersubjetiva, no vividas sino mediadas. Di Giorgio maneja información de primera agua. No obstante su extracción italiana, afirma su pertenencia a una tierra ancestral, a un enclave autóctono que la nutre: se autorretrata como una “una princesa india abajo de su anacahuita.”

Rendir ese clima se volvió para Di Giorgio una tarea de gozo y de responsabilidad, una misión única, reservada para ella, a la que se consagró con furia y perseverancia.

Mientras la ciudad, las relaciones adultas, la cotidianidad compartida, los conocimientos mediatizados, fueron mantenidos a distancia detrás de una frontera intangible, ella reservó un espacio central para su juego. Leerla es entrar a una campana neumática, tal el Locus Solus de Raymond Roussel, o la película “El show de Truman”. Es entrar a un universo autónomo, a un habitat auto-contenido, a un cuerpo monádico, único, irradiante, solitario aunque no separado, porque lo atraviesa una miríada de criaturas, los procesos del universo.

Los detalles anecdóticos varían, pero las narrativas breves de di Giorgio aluden a un mismo hecho que se repite, a un éxtasis vivido, a una serie de arranques o raptos.

Misales da una vuelta de tuerca a la acumulación intransitiva de los Papeles salvajes. La escritora intenta aquí una forma de relato extendido. Y el éxtasis, que se repite, como un estado del tiempo, adquiere un carácter notoriamente lúbrico.

Misales, relatos eróticos; suena a profanación. Con un gesto que inició Rubén Darío y el modernismo, Di Giorgio abre un aura sagrada y a la vez libertina, un amor casto y profano, una convivencia de lo místico y de lo carnal. Vuelve a unir lo que estaba dividido por milenios de dogma. Elabora una mimesis en que participa lo animal, lo humano y lo divino, en diversas combinaciones, un despliegue trabado, rico, que recuerda las Metamorfosis de Ovidio.

Ya Rubén Darío conjuga animales (el buey, el cisne) con criaturas mitológicas (los centauros) anunciando un bestiario “a lo divino” que no es, como el de Borges (en su Libro de los seres imaginarios), una mera colección de rarezas, sino que transparenta o manifiesta intensidades corporales que lo recorren. En la poesía del Río de la Plata esa línea continúa en Delmira Agustini (“el cisne asusta de rojo/ y yo de blanca doy miedo”). Pero Di Giorgio, a diferencia de Agustini, ya no se debate entre el poema y la casa de citas, entre la soledad o la convivencia con un marido mediocre y asesino. El cuerpo autónomo en Di Giorgio alcanza una libertad más allá de los condicionamientos de una vida en común, de una correspondencia erótica de pareja entre dos personas. Es una máquina célibe. Sustrae al cuerpo del dominio masculino y familiar. Como Jane Austen, produce su obra evitando casarse.

“Sálveme de este casamiento y de otros posibles”, pide un personaje femenino de Di Giorgio el día de su boda a un llameante ángel de la guarda. El ángel la oye y mata al marido. Terrible, completamente íntimo, el ángel se hace visible en la gasa flotante al viento de la cola del vestido de novia. Casarse con el ángel es casarse consigo misma.

Sin ninguna traba, sin ninguna concesión, lo singular se desarrolla hasta sus últimas consecuencias. Este éxtasis idiosincrásico ocurre con la mayor alegría “porque aquí dentro está espléndido, calentito, como jamás se vio.” Una admisión franca que sólo puede compararse al “Ande yo caliente/ y ríase la gente” de Góngora.

Con diferentes nombres, una libre “señora” campea, semi-salvaje; se echa en un “nidal” o sacude las “ubres”; nunca es del todo urbana, nunca del todo humana. Puede estar muerta, incluso, si así le conviene, para atraer a un íncubo o súcubo necrófilo y quedar preñada de él. ¿Cuál es su nombre? Ninguno y muchos. Detrás del nombre hay uno secreto y no se puede revelar.

Esta “señora” no carece de nada e incluye a los opuestos: amor y guerra, religión y ateísmo, virginidad y lascivia. “Él murmuraba palabras obscenas y religiosas, entreveradas, porque se daba cuenta que estaba actuando en dos planos, iguales y lejanos.” El “concepto” barroco une los opuestos; a través de la paradoja y el oximoron es fiel a la dimensión integral de la vida.

Más de uno, menos que dos: ésta parece ser la fórmula del funcionamiento autónomo de las pulsiones en Di Giorgio. Huerto cerrado que abarca el universo, el cuerpo en Misales se excita de una zona a otra, de una región a otra, a partir de estímulos ambientes fantaseados. Al independizar el deseo de la confrontación entre personas, excluye cualquier falta, privación, penuria o vacío. Aquí no hay rechazo, nadie siente rechazo por nadie. Los detalles repugnantes son un ingrediente de la atracción.

La “señora” de Misales puede tener doce años o noventa: los novios no dejarán de cortejarla. El otro nunca falta a la cita porque estuvo instalado siempre ahí: “El otro ya estaba instalado ahí, whisky en mano como un afiche.” El otro resulta apenas un artificio, un adminículo, un gancho, un tentáculo, flor u hongo, murciélago, también lobo con su lengua, un instrumento del goce que hace el “trabajillo”, que escarba y excita y colma cualquier expectativa, siempre presente donde se lo convoca. Tentáculo, garfio, aparece y desaparece, es descartado para que lo reemplace otro, descartado a su vez tras el uso. Mientras dura la fornicación, el adminículo de turno cumple su papel de un modo óptimo.

La pantalla de la luna brilla, aún si está vacía. En la pantalla se refleja, se desborra el fantasma de cada acto. Cada garfio, cada tentáculo es aniquilado por las cambiantes fases: “la luna le quitó el tentáculo… y se lo deshizo.”

No obstante su feliz suficiencia, su autonomía, el universo de Di Giorgio es un teatro de la crueldad. Para que el disfrute se haga goce debe implicar amenaza, peligro, sufrimiento físico o moral, que intensifique la experiencia más allá del umbral del placer. El sobresalto, el embarazo, la vergüenza, el azoro, el temblor, la confusión, el desconcierto, son algunas de las emociones que afectan a la “señora”. Y algunas “mujeres que tenían pasiones con los bichos eran mordidas y casi asesinadas”.

Las cópulas suelen ser sangrientas, incluyen la fagocitosis y la destrucción. Pero también el humor, porque aquí todo, sutilmente, según el proemio de los cuentos populares catalanes, citado por Roman Jakobson, “era y no era”.

Lo único que deviene, sin vuelta de hoja, es el cuerpo, sus zonas erógenas. El enclave, hortus conclusus, lugar ameno, vegetación hirsuta de pelambre o ramazones, guirnalda de pétalos alrededor de un hueco, resulta a la vez enclave y casa, cuerpo, zona del cuerpo. Igual que algunas pinturas chinas, hace equivalentes la geografía y la anatomía, traduce una en otra. De ahí que la “señora” se dedique a pintar una sola flor: la “flor del cangrejo, con un pescuezo largo y húmedo” que sugiere a la vez los órganos de reproducción vegetal y animal al alcance de la mano, prontos a una pulsión que masturba, hasta que cada apariencia “parecía un milagro”.

(Misales, Buenos Aires, El cuenco de plata, 2005

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