Selva Casal

Marosa di Giorgio


Se me hace difícil salir a las palabras porque la muerte es una fantasía fatal, nos habla por teléfono, nos despierta a media noche, nos vacía.
Caminábamos en silencio y todos los bosques eran piedras preciosas como en ella todo sucedía pues para Marosa no alcanzan las flores del mundo y para ella los ríos se visten de luciérnagas.


Ha muerto y ante tal noticia tiembla hasta el más pequeño pájaro, se conduele la noche, se apiada el corazón de las hormigas y los tucu tucu no salen de su asombro.
Hondo es el dolor del artista y es un dolor fatal.
Su cuerpo es el reino del espanto porque la poesía nos habita orgánicamente por eso tanta deslumbrante belleza, en esta nuestra poeta. Nació del dolor, de ahí su soledad irrenunciable, la misteriosa majestad que ejercía sobre soles y mundos y su reino es el reino de lo desconocido y lo sagrado pero también es del espanto.
Se escribe para dar testimonio de algo pero sucede que ese algo siempre es más profundo de lo que imaginamos.
¿Y por qué acontece esto?
Porque las vivencias no se pueden registrar, porque siempre es más importante caminar por un bosque junto al mar y no hablar no decir nada como tantas veces lo hicimos Marosa y yo, porque nosotros fuimos protagonistas del silencio.
¿Qué íbamos a decir de ese cielo, de esas sombras oscuras de la noche sino vivirlas?
Porque agregar palabras es ir enturbiando en algo lo que el autor quiso dar.
Y acá toda literatura palidece ya que cada muerte se lleva con ella algo mucho más hondo e imposible de expresar.
Es difícil expresar tanto absurdo, tanta tristeza, sentir que el tiempo todo entero no es más que una larga noche donde un caos infinito nos separa.
Allí las sillas están deshabitadas, pasan, pasan los hombres, los cuchillos, los condenados a muerte, los suicidas y los poetas esperan un milagro, dicen que Dios está tras esa espera. No saben nada sólo que en el cielo del hombre hay una prodigiosa galaxia; la poesía.
Si somos. Sí que hemos existido, si es que tuvimos sombra y de nuevo mentira, una noche en un cuarto qué miedo corre desde aquél poema Visiones que enviara desde Salto para publicar en el que sería su último número de la Revista Alfar y que decía así:



VISIONES

El sol, al morirse, temrina un bosque de bronce.
Largas cigüeñas se inmovilizan en la ribera.
Los niños negros vienen a buscar uvas a la isla.

Si, pero esta no es hora de buscar uvas.
Los niños negros quieren romper el agua,
Y se abrillantan;
Quieren ahuyentar a las cigüeñas; y se alucinan.

Las cigüeñas son los ángeles de mi ribera.
El cielo es un magnolio y da la luna, morada y
Magnolia.
Los niños trepan: no puede deshojar la luna.

Ay, que nunca podremos deshojar la luna.
Sólo si tu volvieras.
Sólo si se abriera la muerte y tu volvieras.
Sueño con tus manos.
La noche me hace el sueño de tus manos.
Tus manos que podrían deshojar la luna.
A cada niño negro le darías un pétalo de
La luna.

Nos quedaríamos en la isla.
Tú y yo en la isla.
Mi sueño de la isla.
Hasta que volaran de nuevo las cigüeñas.
Y te volvieras a tu muerte,
Y el sol empezará una vez más para mí,
Otro bosque de bronce.


Marosa desde este poema fue ahondando y embelleciendo más y más el mundo que la circundaba y un mar de luciérnagas acompañaba su andar por la tierra hasta no saber donde terminaba el cielo, donde comenzaba su ser creativo y en constante delirio, un constante delirio fue su creación poética como en todo poeta auténtico lo es. Marosa poeta de voz profunda y bíblica, llena de sugerencias, paisajes estremecidos de un aire de ensueño, lejano, oscuro.
Desde los umbrales del bosque se lanzó al mundo con todo su esplendor, desde su Salto íntimo con sus chacras y sueños encendidos, ascendió con el “humo”, con sus “magnolias•, tendió su magia en su “Mesa de esmeralda”, esculpió su eternidad con sus “Papeles salvajes” y con su “Reina Amelia” abordó la belleza y el absurdo para dejar en el universo su voz inconfundible, la prodigiosa flor de la belleza.
En Marosa su persona era poesía y la poesía era su persona.
Maravillosa identificación donde algo indestructible las une ya para siempre.
Es que en realidad no estamos vivos.
En realidad no estamos muertos.
Y sólo un hilo finísimo separa el vivir del morir
No es casualidad que estemos acá recordándola
Porque quizás es ella la que nos está viviendo desde su silencio desde ese callado amor que es el morir y el amor pide silencio.

Actividades del Mes

Suscripción










UBICACIÓN DE CASA HORACIO QUIROGA Y SALA MAROSA DI GIORGIO