Teresa Porzecanski

Las princesas ignotas en el café.


Una dama tímida y silenciosa, escondida detrás de una apariencia siempre apoyada en la  ilusión de ser hada o duende o espíritu vinculado a la naturaleza,  se asombraba cada día del mundo e intentaba exorcizarlo: es lo que me viene a la mente de nuestras conversaciones  de tantos años en tantos lugares, especialmente en cafés penumbrosos, a mitad de las mañanas demasiado tranquilas por las que el tiempo se iba escurriendo lentamente.


Más bien era yo la que más hablaba,  pues Marosa  quería preferentemente escuchar, y de vez en cuando hacer un comentario (siempre un comentario solidario, empático) que me estimulaba para seguir desarrollando alguna de mis peregrinas anécdotas. Recuerdo que tomábamos primero café, después vino, después de nuevo café, después otra vez vino (siempre oscuro, de una copa) y pasaba dos, tres horas, como si fuesen un minuto.
Fueron treinta años, a lo largo de los cuales la vi  pasar de ser la hija protectora y responsable de su madre, a ser  una mujer sola, silenciosa y autónoma sobre la tierra, al tiempo que se iba transformando en la poeta que quería llegar a ser:  cercana y lejana al mismo tiempo, familiar y extraña, exploradora de imágenes y visiones metafísicas, reveladora siempre de señales de otros mundos.
Mujer de biografía cambiante, en el limbo  entre lo real y lo imaginario, Marosa poco hablaba de sí misma  aunque sí  me decía  mucho de las imágenes que le llegaban desde las dimensiones esotéricas donde se gestaba su poesía: aquel mundo agrícola de las pequeñas huertas salteñas con cría de animales,  que había mantenido a su padre y abuelos, venidos de una región cercana a Florencia, en la vieja Italia.
La mirada nostálgica -escondida detrás de los gruesos lentes-, el pelo colorado o bermejo o zanahoria,  en celebración tal vez de la parafernalia con que la vieja Venecia revelaba y enmascaraba al mismo tiempo las identidades,  enfundada siempre en sus vestidos negros, sobre los que reposaban, como desafío, numerosos collares de cuentas de piedra y cristal, Marosa componía una figura renacentista en medio de los tiempos infaustos e incoloros del Montevideo de la dictadura uruguaya, y aún después. Y no es que fuera una intelectual -porque justamente, no era a partir de la discusión de ideas que construía su singularidad- sino  justamente porque no quería serlo,  es que sorprendía su personalidad singular de inteligencia rápida e inquisitiva. 
Amigas no solo de confidencias, ambas disfrutábamos de ciertas aficiones femeninas que hoy parecen de dudoso gusto:  las bufandas o pañuelos al cuello de seda colorida, los anillos recargados de piedras de fantasía en casi todos los dedos, las pulseras que tintineaban a cada movimiento del brazo, todos  éstos, elementos de la estética demodé de los hippies , combinados con los caprichos de nuestros propios fantasmas: teníamos la absoluta certeza de ser, sin que nadie lo supiera,  sendas princesas orientales ignoradas por los contemporáneos ciudadanos del mundo actual.
Y quizá realmente lo éramos: sendas princesas ignotas en el café. Muchas veces Marosa se preguntó por el origen de sus antepasados más allá de Italia: ¿habrían sido, tal vez como los míos, antiguos sefaradíes expulsados de sus pueblos?; ¿ habrían sido quizá conversos obligados a abrazar la fe católica para sobrevivir?  Las genealogías que nos caracterizaban eran lo suficientemente inciertas como para albergar cualquier sospecha.  A Marosa le había deslumbrado Israel, especialmente Jerusalem, con sus caminos de piedra dolidos por el paso de Jesús, pero también, especialmente, iluminados por el trajinar de los antiguos místicos judíos que hicieron nacer las primeras sectas cristianas a las que perteneció Jesús. Le habían conmovido profundamente, al caer la tarde, los coros de rezo de los tres grandes y problemáticos monoteísmos: solía decir que había sentido en carne viva la energía todopoderosa del Dios único al que adoraban los tres.
Así, una creyente en un mundo laico, una renacentista en medio de la modernidad más prosaica, una dama tímida, delicada  y pensativa en medio de la crudeza de una sociedad violenta, exageradamente desenvuelta, Marosa sobrevivió gracias a la energía de su poderosa fantasía que la resarcía de la afrenta del síndrome “demasiada realidad”. A destiempo de su tiempo, a la vez en la vanguardia y en el pasado que se estira hacia el Origen, su  figura primordial, de diosa romana de la naturaleza prístina, persistirá en sus versos, inextinguible.

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