Rafael Courtoisie

Antetítulo: Marosa aparecida
Título: Tres rosas inmóviles

1)
La televisión mexicana, a través de la UNAM, se comunicó conmigo para realizar una serie de reportajes a algunos escritores uruguayos de relevancia. En la lista que confeccionamos, entre otros notables figuró, por   supuesto, Marosa di Giorgio.
El equipo de grabación y la periodista encargada de hacer las entrevistas se trasladaron a Montevideo.
Con el equipo de producción se decidió que una personalidad  como la de Marosa requería “exteriores”, pero no cualquier lugar al aire libre. Debía ser un lugar especial.
Entre otros sitios que fueron barajados,  se decidió, al fin, por el Rosedal del Prado. Marosa estuvo completamente de acuerdo con aquella elección.


Ya en pleno reportaje, un raro día de sol, la periodista  y Marosa avanzaban. La cámara las seguía.
En un momento, la periodista formula a Marosa la típica pregunta:
-Marosa, ¿por qué decidiste empezar a escribir?
Marosa hace un gesto enigmático, se detiene. Mira alrededor.
-Fue al pie de un árbol como éste...
La periodista observa extrañada la copa del árbol.
-¿Qué?
-Estaba en Salto, en las chacras, al pie de un árbol como éste, yo era muy pequeña...
-¿Sí?
-Y entonces se me apareció...
-¿Quién?
Con toda naturalidad, Marosa responde:
-La Virgen María. La Virgen bajó de los cielos y me pidió que me dedicara a escribir.


2)

Fue hace mucho tiempo. Yo era editor de la sección cultura en una revista. Entre los columnistas con que contábamos figuraba, por supuesto, Marosa. La de ella era una “columna –estrella”. No se trataba del escritor más o menos famoso que se pone a opinar sobre esto o aquello, que analiza o divaga sesudamente, con más o menos gracia. No.
Eran columnas intransferiblemente “marosianas”, poetizadas, imprevisibles, tan distantes del habitual ejercicio periodístico como la galaxia de Andrómeda.
Marosa enviaba las columnas en un sobre cerrado. Escritas a mano, por supuesto.
Junto a las primeras columnas, dentro del sobre, entre las hojas de papel, afinada, venía una rosa seca, aromática.
Luego de un tiempo, durante tres semanas seguidas llegó puntualmente la columna manuscrita, pero la flor no estaba.
Llamé a Marosa por teléfono:
-¿Ya no me querés?
-¿Por qué?
-No llegan más rosas...
-¿Cómo que no? Sí. Fijate bien en el sobre.
-Ya me fijé, en los sobres y entre los papeles: nada.
-No. No te fijaste bien. Revisá los sobres de nuevo. Ahora te estoy enviando rosas invisibles.

3)

Fue hace unas semanas, en un sueño.
Esa noche había llegado a casa muy tarde. Hacía frío. Estaba agotado por las clases, por el trabajo periodístico, por las correcciones y ediciones, por todo. Caí redondo en la cama, sin cenar. Me dormí enseguida. Profundamente.
En el sueño era de día.
Yo estaba al pie de un árbol hermosísimo. Hacía calor. Había música de vegetales y piedras, de agua y espíritus. Y pájaros.
Marosa descendió de los cielos y preguntó:
-¿Qué te pasa?
-Estoy agotado. No tengo más ganas de nada...ni de escribir...
Entonces Marosa, detrás del pelo rojo encendido y los lentes gatunos, exigió:
-¡Qué tontería! ¡Tenés que seguir escribiendo!
-¿Por qué?
-¡La Virgen María, aquí a mi lado, me pidió que te lo dijera!

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