Jorge Arbeleche

Marosa

Nació un día de un mes de no sé de que año. Ya adulta como Palas Atenea. No la puedo imaginar de niña. Tampoco de vieja. Nació así, como la evoco, con todo su pelo largo rojo, sus uñas verdes, sus labios negros, sus brillos y tornasoles. No recuerdo exactamente cuándo la conocí.

Creo que desde siempre, una vez internado, inmerso, en aquel “Historial de las violetas” que me hacía recorrer la historia hacia atrás, hacia el centro, hasta el origen donde late el primer huevo; el tiempo allí circulaba en otra dimensión y se juntaban el óvulo inicial con el último estertor. Fuimos amigos. Amigos grandes, franqueada la frontera de las confesiones. Compartimos fiestas, risas, otros amigos. Bailamos un tango (sin cortes). Estar con ella era palpar el misterio, la sugestión, su cálida proximidad hermética. Cuando algo no le gustaba, agitaba su cabellera incendiada. Tenía mucho humor; se reía como en voz baja, como una niña traviesa y distraída que intenta en clase no ser reprendida por la maestra. No supo de reglas. Fijó las propias. Leía muchísimo. Recitaba. Conocía todo y amaba todo. Desde Juan Sebastián Bach hasta Amelia Bence o María Felix. Una vez, al llegar a mi casa, avanzada la noche, la veo de espaldas caminar hacia el norte: iba a hacer su caminata, tal vez bajo la luna. Al comienzo algunos “popes” no la tuvieron demasiado en cuenta. Ella estuvo al margen y como diosa vencedora destruyó sus últimos altares para erigir el suyo, el perdurable. Una vez me envió una postal desde Nueva York, ciudad que amó por su tremendismo y por su placidez. Sus ojos veían lo que otras miradas no alcanzaban. Algunos dijeron que se repetía porque no supieron vislumbrar que su obra se ampliaba cada vez más, en círculos concéntricos. Una vez, un periodista la incomodaba preguntándole su nombre verdadero, si era el suyo un apócope de María y de Rosa. Ella, impertérrita, respondía: Marosa. Dejá un espacio vacío en nuestra biblioteca y en nuestra poesía. Como bien lo supo expresar acerca de Juana de Ibarbourou,  ella también nos deja sus versos y su leyenda. No se necesita nada más. Y la fragancia de un nombre: Marosa.

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