Amanda Berenguer

Esa voz de marosa



¡marosa!, clamaban, ¡marosa! ¿dónde estás?  Por aquí, decían. Por allá, sobre las casas, las terrazas,

sobre los techos de espuma y de jacinto. Luego decían,

no, por aquí, en el placard orlado de terciopelo

como un estuche de Bizancio, ¿dónde estás?

¿estás ahí? Estaban seguros, llamaban: ¡marosa!

y abrían las cajas con secreto, y los párpados irizados

del espejo, las diminutas venas de las lapiceras,

y abrían hasta las ranuras de nácar del Gran Libro

y volvían a llamar: ¡marosa!, ¡marosa!, ¿dónde estás?

por aquí, buscaban inquietos los mayores y los niños,

por aquí, frío, frío, tibio, frío, más ahí, detrás,

entre los brazos del candelabro, sí, por ahí, sí,

debajo de las uvas, tibio, tibio, ¿dónde?

¿dónde?

se oía una voz incitante, un Elfo aéreo, envolvente,

que se iba y venía y merodeaba, parecido casi al rumor

del viento entre las hojas de un bosque sombrío.  Por ahí, dijeron los elegidos,

por aquel lado del mundo,

y todos, alucinados, se pusieron a escuchar.

Abril-mayo del 1995

(Apareció en Brecha el 20 de agosto de 2004 y pertenece al libro inédito Los poetas.)

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