Jorge Menoni

Mariposa

A la memoria de y en homenaje a  Marosa  Di Giorgio


Vi una mariposa que moría y resucitaba, así

todas las noches, creo, todo el tiempo. Cuando creía que la

había vencido, ella volvía a abrir las alas, a vivir...  Marosa Di Giorgio

Corría el año  80, atrás había quedado el tiempo prometeico y fermental, el tiempo de la eclosión jubilosa de las flores. Largo había sido el camino, largo y poblado de fantasmas. Pero la savia siempre se renueva y esa transmutación milagrosa cicatriza heridas, enciende ilusiones, fomenta nuevos mitos. La tierra vuelve a vibrar estremecida en la garganta del hombre y de sus manos de alfarero rebrota siempre la poesía.
Así lo pensaba y escribía veintitantos años atrás, en Ámsterdam, en mi primer libro de poesías, pero justamente eso cobra hoy trascendencia en mi memoria pues fue, acertadamente y al azar, el año que leí y descubrí esta genial poetisa salteña y universal Marosa Di Giorgio.
Aún me queda  la deuda y el sentido de culpa para con ella. Deuda, porque en  sus poesías aprendí  a percibir los acontecimientos cotidianos que ella revelaba a través de su cuerpo, de su gesto, de sus versos, ese algo característico acerca de su relación con la tierra, con sus semejantes, con ella misma.
Sentido de culpa, pues la vi tantas veces sentada en la Confitería Oriental, mirando sin mirar, un  mundo imaginario que comienza en ese  lugar imperceptible donde nacen las palabras, esas bellas palabras que dejó en sus escritos, para la posteridad. Sin embargo, me marche de Salto sin haberla leído.
Hubieron de pasar 10 años para que un día, deambulando por la biblioteca de Utrecht,  me topara  con sus libros. Dicen que nadie es profeta en su tierra; para mí se cumplió ese proverbio en esa biblioteca, a miles de kilómetros de agua que me separan de mi origen. Se había producido el milagro, comencé a devorar sus poemas, Marosa me miraba desde su foto de contratapa, quizás como queriéndome decir: nunca es tarde.
...aquella muchacha escribía poemas, los colocaba cerca de las hornacinas, de las lámparas. A veces, entraban las nubes, el viento de abril, y se los llevaban; y allá en el aire ellos resplandecían; entonces, se amontonaban gozosos a leerlos, las mariposas y los santos...
Este fue el primer poema que leí y desde entonces ocupa un lugar en mi biblioteca y en mi corazón.
Recuerdo que su figura y su obra me impactó tanto que escribí un poema dedicado a ella y se lo envié; me prometió que para mi próximo libro me escribiría el prólogo. Hoy que vuelvo a leer este poema ya casi olvidado, descubro con asombro que tendría que ser ahora, en este momento de tristeza por su pérdida,  cuando debería escribirlo,  pues presagia involuntariamente su partida hacia el mundo de las mariposas y los santos.
Transcribo el poema como una modesta forma de despedida:

Del otro lado del muro/ donde el sol no entra,/ donde las sombras no existen,/ tu tristeza escribe poemas/ los poemas no tienen retorno/ las lágrimas que desgastan la prisa/ construyen cavernas de paciencia/ el muro no es alto,/ tampoco ancho/ bastaría la dureza del papel para lastimarlo/ y aunque tu ya eres invisible/ del muro no se vuelve/ arañas, gimes, golpeas/ cierras los ojos y te ignoras/ sonríes y pretendes disimular/ dibujas puertas ventanas/ o un circulo/ la libertad comienza por el fin/ y vuelves a intentarlo/ el muro es invencible/ te sientas a descansar y descubres asombrada que hoy es domingo/ y han cambiado las flores de tu tumba.


A partir de esta reminiscencia, u homenaje, sólo me queda un camino, difundirla, para que la poesía siga girando entre las hojas del eterno libro de la vida, y así poder seguir leyéndola, junto con sus mariposas, para que siempre siga abriendo sus alas... y a vivir.

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