Jimmy de Azevedo



Es la tierra un maravilloso
país desconocido,
lleno de seres que convierten
en real lo fingido

Lewis Carroll

Aquella muchacha escribía poemas; los colocaba cerca de las

hornacinas, de las tazas…Aquella muchacha escribía poemas

enervantes y dulces, con gusto a durazno y a hueso y sangre de ave.

Los papeles salvajes  1971  ( Magnolias, I)



Como dice Eco (Estructura ausente) toda obra es un mensaje, y posee un idiolecto o código propio del que pueden partir distintas elecciones interpretativas. A Marosa Di Giorgio, la podemos colocar bajo  la vigencia de un código con determinados símbolos. Un código del paisaje que convierte a la poeta en una maga, en una  hechicera  del lenguaje, en una artífice de la palabra evocada y convocada para la transformación y la disolución de un mundo y el nacimiento de otro. Un Edén que ni Dios pudo soñar siquiera.

 


Escribir sobre la poesía de Marosa es abismarse en zonas fantásticas y maravillosas transmutables de texto en texto como la propia Naturaleza. Por eso su voz es única porque escapa a las clasificaciones típicas de “lo extraño”, “lo maravilloso”, porque las cosas y hechos suceden con tal naturalidad que el lector está obligado por su sortilegio de la palabra a aceptarlo; el hecho se da sin metaforizaciones.
Nos traslada a un cosmos propio, único, cual dios demiurgo, cuyo jardín es la chacra natal, escenario salvaje y tierno de mutaciones fantásticas y que guarda oscuros rincones. Aquí surgen los recuerdos familiares, una infancia cada vez más presente que se convierte en muchos aspectos en núcleo generador de todo lo posible. Así su escritura, muchas veces, muestra el alma de niña-mujer transformada y distanciada de sus propios sueños. No hay alucinación sino riqueza de palabra, lujo y convivencia mágica de elementos naturales. Es un reino donde la diosa-mujer otorga y quita, da amor y castigo,  muerte y erotismo. En su poesía nada más natural como el lenguaje cargado de brillantes vegetales y frutos, animales escurridizos que cruzan las páginas huyendo de los ojos del lector, extrañados, que sorprendidos se ocultan, a veces, en la antigua casa o tras un lirio.
Aparece también como escenario  la casa: “sobre el promontorio, la casa era un cascarón macabro”  (Poemas  I).” La casa es nuestro primer rincón del mundo. “Es -se ha dicho con frecuencia- nuestro primer universo” (G. Bachelard, La poética del espacio). La poeta retorna siempre a su hogar y transfiere a los objetos (tazas, bandejas, muebles, legumbres, frutas, árboles) un afecto de compañía, un sentimiento vitalizante que los integra a la presencia de sus familiares; que  teme o ama, o a la ausencia de alguien; que persisten e insisten en zonas del recuerdo, tomando dimensiones inusuales en el presente donde la metáfora, los símbolos y el color  nos hacen imaginar cuadros pictóricos. También la presencia de lo religioso asociado a ese mundo mítico conforma la riquísima expresión poética de su discurso.
El retrono de Marosa al núcleo infantil, la chacra, nos hace recordar nuestra infancia invadiendo nuestros sentidos. Y también podemos llegar a decir:
Yo soy de aquel tiempo, los años dulces de la Magia”.

 

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