Jorge Pignataro

LA  IMAGEN  DE  LOS  PADRES  EN  “CLAVEL Y TENEBRARIO”

Si a la expresión “lo primero” puede asignársele el doble significado de “lo inicial”, por un lado, y “lo primordial”  por otro, en la poesía de Marosa Di Giorgio, “Infancia” es un término que reúne ambas acepciones. Es etapa primitiva y al mismo tiempo dominante. Casi la totalidad de los poemas de “Clavel y tenebrario” nace con un recuerdo de ese “Antes...el más hermoso país”; por eso constantemente “Oigo a los perros de la infancia, allá en la remota propiedad...”, “Oigo a los teros de la infancia, allá sobre el maizal que mi padre inventó…”. La niñez del yo poético aparece siempre inmersa en el ambiente mágico de las chacras, y allí adquiere importante dimensión la figura de un hombre, que intenta conquistar los huertos, y la de una mujer, a medio camino entre mantenerse al margen de aquel mundo fantástico tratando de explicarlo, y hundirse totalmente en él. Simplemente son llamados “papá” y “mamá”.


La de la madre es una mirada atenta, cuidadosa de la casa, del entorno y de su niña: “me vigila, me sigue, me persigue...”. Pero no es posible controlar un ser absolutamente diferente, más afín con seres como los zapallos, los gladiolos o los naranjos, que con aquellos de su misma especie  que, a diferencia de ella, sí pueden entretenerse “con esos seres fantásticos llamados Juguetes”. Entonces la impotencia de la madre, cuando por ejemplo “quiere contarme de dónde proceden los murciélagos. Y no sabe cómo”, se vuelve desesperación y locura, “como si fuera a matarme porque no me parezco a ninguna de las hijas de esta tierra” y “una siente temor de la otra y no sé cómo hemos venido a dar acá”.
El camino de la casa a la escuela es espacio y tiempo de transmutaciones, escenario en que Marosa nos enfrenta magistralmente a metamorfosis y aventuras sobrenaturales, donde participan innumerables seres, reales, pero con comportamientos fantásticos. Todo “bajo el ojo potente de mi madre, que me espía desde lejos”. Esa mujer desconoce que nada espía desde una puerta entreabierta, sino que todo lo ve porque está muy adentro de ese universo asombroso, porque también ella alguna vez “se fue, definitivamente, a vivir con las liebres. Pero, volvió una tarde de octubre, y se casó, de nuevo, con papá”.
La imagen paterna, en tanto, se erige por momentos con imponente majestuosidad, capaz de provocar alteraciones en el espacio con su sola presencia. Dice uno de los poemas: “los bueyes, al mirarlo, se levantan. Él pasa y los pastizales se cierran suavemente, cae una manzana...”.
Cuando se habla del padre, es frecuente el discurso en segunda persona -el yo habla al padre- y con palabras que  enaltecen más aún su figura, elevándolo a un plano de creador : “Recuerdo los trigos azules que plantaste”, “Tu siembra era fugitiva y eficaz”. Su creación es nada menos que la de ese espacio de ensueño, en el que cada elemento es imprescindible, porque se trata de un sistema. Uno de los poemas invoca al padre muerto; es un grito desesperado, que no encuentra resignación y que puede entenderse  -el uso del plural parece confirmarlo- como la voz de todos los seres que integran el sistema marosiano: “tiéndenos las manos sagradas / mira que quedamos sobre la tierra / abandonadas...”.
Cuando la madre intenta alejar a la niña de la magia en que está envuelto todo el entorno, y así por ejemplo “me tiene prohibido que tome nada fuera de lo que ella me da en casa”, contrariamente, el padre parece alimentar sus ansias de jugar a lo desconocido. Está en el lugar y el momento exacto para servir al misterio: “Pido a papá que me traiga la magnolia que nadie tiene; y él va, la corta en el momento preciso, y la trae...”.
La figura de los padres se instala en la poesía de Marosa, como algo que no puede separarse de la infancia, de aquellos años que, al decir de Wilfredo Penco, “fueron sin duda determinantes, y vividos con una intensidad pocas veces traducida de manera tan rigurosa en la obra de un escritor”.

 

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