Entrevista por Roberto Mascaró

Roberto Mascaró

“Salteña de múltiples migraciones, faunesa, druida", según sus propias auto descripciones, Marosa di Giorgio Médicis continúa desplegando Los papeles salvajes, un poema río que, bajo diferentes títulos, viene publicando desde hace varias décadas. Su escritura continúa una línea que se puede detectar en los libros del peruano César Vallejo y del cubano José Lezama Lima. Llamar a esta tendencia neobarroco puede ser arriesgado, pero no del todo desacertado. Dentro de la poesía uruguaya no tiene antecedentes, aunque sí fervientes seguidores. Entre ellos, dos nombres claves: Roberto Echavarren, Marcelo Pareja.

— ¿Cuáles son las raíces de tu escritura?

—Las raíces de estas cosas son un tanto insondables, siempre. Yo veo un paisaje, una campiña de Toscana, al pie y en las laderas de los Montes Apuanes. Veo a Lusana, el sitio de Pedro, mi padre. "Membrillo de Lusana" nombré a mi último libro (Los papeles salvajes, tomo II)

Y crecí en la zona de San Antonio, en Salto. Chacras, huertas, granjas fundadas por italianos. Pero las raíces, repito, son siempre insondables. Habría que ir hasta la burbuja de donde saltó el Universo, a la voluntad de Dios.

Mi madre fue importante para mi escritura. Ella recibía poesía y humor del más allá. Y tuve anunciaciones. Una voz que oí en mi adolescencia en la galería de la casa. Tres veces se repitió la voz, era como si alguien me hablase sobre la poesía.

— ¿Tu escritura está relacionada con un mundo sobrenatural?

—Algunos dicen: ¿La fauna y la flora de estos libros es del Uruguay? Y bueno, yo no miento; cuento lo que vi, cuento lo que oí: "Hay que ver lo que decía con su boca de fuego aquella rosa..." Lo natural es sobrenatural. Todo es extraordinario. Imposible de creer. Y, sin embargo, ahí está. Lo estamos viendo. O creemos estarlo viendo, pero siempre es una manera de verlo.

—A pesar de ese reiterado arraigo que hay en tu escritura en una zona de la infancia, tu historia personal está poblada de abandonos, de cambios, de viajes.

—Hubo llantos sí (no mostrados), al dejar los jardines, el lugar del Hada. Pero también era preciso continuar el camino, el liceo, las bibliotecas, el teatro. Salto era como hoy, y tal vez, en algunos aspectos, más de lo que es hoy, una ciudad con exquisiteces grandes tiendas (por donde mi madre transitaba con poco dinero y muy buen gusto) y confiterías, muy grandes también, bellas, delicadas, desde donde comenzamos a ver el mundo, ya, en otra dimensión, la comedia humana. Pero estas ciudades del interior tienen calidad, mucha alma. En fin, recuerdo cosas de gran valor: la gestión heroica por el teatro de la profesora Nydia Arenas, figuras de la poesía, del profesorado, médicos relevantes. Y el río Uruguay; corre como un cántico, bajo una luna, un sol y unas estrellas inigualables.

El traslado a Montevideo también tuvo su melancolía; me iba aún más lejos del jardín en llamas. Desaparecí una noche, sin decir nada (lo que quedaba de mi familia ya estaba en Montevideo). En las manos, una canastilla con algunas cosas que quería mucho.

Son quince años aquí. Quince años, por suerte, intensos. Escribí mucho, es decir, soñé mucho. Soñar, tal vez la más alta actividad que nos fue dada. El mayor reverbero. Pero las cosas, los sueños, eran los mismos del jardín natal: claveles, tenebrarios, liebres, falenas, membrillos. Es decir, siempre la historia con violetas, la historia con misterios, la mesa de esmeralda. Tuve la suerte de ir a Israel, a Europa, a Estados Unidos, a Argentina y a Chile, siempre con mi misión, mi encargo. Me interné en Bretaña últimamente. Quedé prendada. Allí están el kir, las cofias, el fantástico río Loire que parece un león, un poeta: los dólmenes, las urracas, las iglesias que semejan árboles, los árboles que semejan iglesias.

--Háblame de figuras importantes en tu recuerdo.

Mis familiares, por supuesto. Mis abuelos Domenico y Marianna, que no conocí, pero igual los recuerdo. Conocí Italia cuando ellos ya no eran visibles. Los maternos, Eugenio y Rosa. El rosal fundador. Les rezo en cada segundo de mi vida. Como a mis padres. Pedro y Clementina. Mi madre era una sensitiva: una extraña poeta que no intentó escribir, una bailarina inmóvil que dibujó una finísima, extraña, perturbada danza.

Y están los maestros, los amigos. Los animales de la casa; siguen ladrando o chistando en la noche y hacen infinita la vieja leyenda.

Está mi hermana Nidia que se ha mostrado con patente sensibilidad.

— ¿Por qué has elegido el poema en prosa como tu forma principal, casi única, de expresión?

—Y, las cosas nacen con la forma apropiada.

—Algunos poetas importantes para ti.

—Estuve releyendo a tres norteamericanas maravillosas: Emily Dickinson, Edna Saint Vincent Millay, Sylvia Plath. Y hay otras. Aquí en nuestro Uruguay hay grandes como esas.

— ¿Existe una escritura que se pueda llamar femenina?

—Las que nombré antes y otras, son absolutamente femeninas, pero su acento, su "reflexión" y su ensueño, son de orden universal, de medida universal, como si estuvieran más allá de su propio sexo, en una zona ya inclasificable. La zona de lo santo, de lo divino.

— ¿Qué dimensión de tu trabajo ocupan las actuaciones en vivo en las que presentas tus poemas?

—La escritura es también una actuación, un continuo acto. El más profundo, la develación. Pero me gusta andar en performances, recitales, videos. Un poco sería como quitarse el velo de humo y que la faunesa antigua ruja a la vista. Pero aún así prosigue el velo de humo...

Mucha obra

Marosa Di Giorgio Médicis, de origen italiano y también vasco, nació en Salto y publicó Poemas, Humo, Druida, Historial de las violetas, Magnolia. La guerra de los huertos, Está en llamas el jardín natal, Clavel y tenebrario, La liebre de marzo, Mesa de esmeralda, La falena, Membrillo de Lusana.

Estos libros fueron reunidos recientemente (1989-1991) bajo el título general de Los papeles salvajes (Arca). Una nota más extensa sobre su obra había sido ya publicada en este suplemento, N° 28, de abril 1990.

El caballo

Marosa Di Giorgio

Una vez, en casa, nació un caballo, o en los alrededores de la casa; desde el momento de su nacimiento y el de caminar, que casi fueron tino, demostró gran masculinidad y belleza; era azul, reluciente, y la cola le llegaba al suelo pero, cuando pasó el tiempo, su color fue tomando otro sentido, y fue como la "flor de un día", ese lirio que dura sólo un día, y que es blanco y con manchas negras; pero, al tocar la plena juventud, ya, estaba totalmente nevado, y así, las opiniones se dividieron; hubo partidarios del caballo negro, y otros, de éste, del de ahora. Las niñas de la casa, que éramos tres, estábamos enamoradas de él, y también, las de las vecinas. Algunas le seguían llamando "el caballo negro", aunque, ya destellase; otras ni siquiera lo nombrábamos. Se alimentaba de ramas, de rosas y alhelíes, y de las cajas de masas que, a propósito, le dejábamos entre los pastos, envueltas, siempre, en papel de color rosa, que él apartaba desdeñosamente, comiéndose la dorada confitura. Iba y venía, mirándonos con indiferencia, y hasta con burla.

Pasó mucho tiempo. No sé en verdad lo que pasaba. Pero, por verle, abandonamos la canastilla de los estudios y el canasto de las puntillas; no nos imaginábamos ninguna cosa de la vida, en que no estuviese presente aquel caballo.

Hasta, que, al final, él se casó con una de nosotras. La que era algo mayor; una muy pálida y de pelo largo.

Recuerdo el día de la boda,

El viaje y el olvido.

(De Clavel y tenebrario)

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