La flor de lis

Diario “La Nación” - Buenos Aires - Argentina - Año 135 – No. 47.818 – Domingo 21 de noviembre de 2004

Poesía, erotismo y santidad.

LA FLOR DE LIS

Lo que hace distinto a este libro de Marosa di Giorgio no depende de la cercanía de su muerte. La obra de la poeta uruguaya no sólo no queda trunca sino que, lejos de ser último, éste es un libro primero, en el sentido de primordial: el libro que engendra todos los libros anteriores. Además, al incluir el CD Diadema, La flor de lis otorga al lector el don memorable de la propia voz de Marosa diciendo sus poemas. Su dicción atraviesa múltiples entonaciones y hace de la voz no sólo el lugar del habla sino también el sitio incandescente donde cada palabra, cada sílaba, cada suspiro crean una lengua distinta. Distinta y distintiva, la voz de Marosa tiene la rara virtud de no dejar huellas de la escritura: cada poema parece ser dicho por vez primera, como si el tono borrara la dimensión de la letra..

La Flor de Lis se abre con un enunciado, entre la dedicatoria y el apóstrofe, con el cual la autora busca definir su libro: "Poemas de amor a Mario". A decir verdad, toda la obra de Marosa gira alrededor de lo amoroso; el erotismo de sus poemas impregna todas las esferas del texto, es como una inmersión, como una diseminación que va creciendo de modo progresivo. De hecho, los primeros poemas de La flor de lis y el último -que repite a su vez uno de éstos- provienen de otros libros de Di Giorgio y casi todos citan a Mario, le dan cita. La primera composición pertenece a Está en llamas el jardín natal (1971) y transmite la atmósfera de todo el poemario: una madrugada lluviosa en que la poeta asiste al retorno de los muertos como "un enjambre [que] caía del cielo". Esa experiencia frecuente y al mismo tiempo fabulosa obtiene su materialidad en la intensidad cromática y olfativa. En este ámbito, Mario, el destinatario de los poemas, ocupa el lugar del sueño, que no es menos real, que el de la vigilia: "Y yo volvía al lecho, a dormirme sobre la blanca almohada, a soñar que Mario estaba allí". Como en todo discurso amoroso, la ausencia del amado hace hablar, se convierte en el motor del decir. El lugar del sueño, en Marosa, es una parcela del universo, un jardín natal que, como reza el título, "está en llamas". El fuego atraviesa el mundo onírico, sus pliegues de misterio, sus infinitas poblaciones vegetales; es allí donde se agazapa el goce y la felicidad promete un encuentro inmediato. Por eso, en la poética de Marosa el sueño no se opone al mundo porque "todo es real e irreal como es siempre en la vida".

Mario arrastra consigo todos los reinos de la naturaleza, porque la pasión amorosa hace estallar la categoría de representación estética y con ella los límites acordados a lo humano. Así, las pasiones dejan sus huellas: niñas que dan a luz, doncellas que ponen huevos, mujeres que son desfloradas. Es éste un gineceo viviente y feérico que se desarrolla como resabio de una sociedad matriarcal que renueva la vieja tradición de los mitos agrarios. Y a la vez, no podría quedar fuera de esta concepción amorosa la recurrente visita de las tías. Todas las visitas devienen visitaciones, es decir, viajes de devoción o bien a un templo (la casa es su doble simétrico) o bien para alcanzar un conocimiento.

El erotismo de la poesía de Marosa di Giorgio incluye también lo que Georges Bataille denominó erotismo sagrado, esto es, una experiencia que aproxima la sexualidad a la mística. Un poema de La flor de lis lo dice de modo transparente: "Había algo santo y sexual en todo eso". Una contigüidad inquietante pero religadora de una experiencia perdida donde subyace todavía una violencia primitiva. Tal vez el título que la autora eligió para nombrar todos sus libros, Los papeles salvajes, remita en parte a esta otra pasión de la escritura que es un sucedáneo de lo erótico, lugar del bestiario, de la copulación animal y vegetal. El universo de las flores encierra los avatares del cuerpo en la asunción de su propio lenguaje desde la floración a la desfloración. La flor de lis engendra los libros anteriores: se trata de una flor y, a la vez, de su representación en otro plano. Su escritura deviene, entonces, una instancia mensajera, angélica, traductora, como si la poesía pudiera al fin reunir lo separado, amancebar lo distante, engendrar los confines de la imaginación. Los poemas de amor a Mario estaban desde siempre, lo que hace ahora Di Giorgio es renovar sus votos: "Y yo junto a la bromelia. A esperar a Mario. El sitio era ése. Para esperar a Mario".

Enrique Foffani

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