Opinar

Opinar – 5 de noviembre de 1981

Marosa: milenios opinando

Marosa di Glorgio: Escritora.
Calicanto acaba de publicar su último libro: "La liebre de marzo". Originalísima y personal, la crítica considera a esta mujer nacida en Salto, una de las piezas claves de la literatura uruguaya.


—Opine sobre el verbo "opinar" (acción de formar o emitir opinión).
—Desde que tuvimos conciencia de ser comenzamos a opinar, a ver quién daba con el "quid". ¿Qué? ¿Para qué? ¿De dónde? ¿Hacia dónde? ¿Cómo pudo haber "algo" siempre? y si no, ¿cómo en la nada se insinuó ese "algo"? Y las opiniones, los opinares, recorrieron milenios, acompañándose de hechos que cumplían, cumplen, un espectro que tiene, por cierto, más de siete colores.
¿Por qué me preguntás qué opino del verbo opinar?
—Opine sobre su arte (quehaceres, avatares, perspectivas).
—Yo estoy en una pasarela, un andarivel, yo estoy en un riel por donde parezco ir y venir; pero, la pasarela no existe. Hay sólo un punto. Y por él transito de continuo, sin moverme.
Estos claveles que me rodean no se van. Son diversos, azules, amarillos, negros,  bermejos.
Cierro los ojos espantada. Y los veo más nítidamente. Si me despierto, es lo mismo.
No sé cómo aparecen. Y yo tampoco podré irme. ¿Por dónde?
Soy afín a Swedenborg que andaba en las habitaciones de lo alto, charlando con sus ángeles y sus santos. Y su sol y sus cristales.
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Alguna gente me pregunta si es verdad, que, cuando chica, me casé con un caballo, según aparece en una de las anécdotas del libro anterior.
Y te cuento lo que pasó. Pero ahora de un modo un poco distinto. Aunque en lo fundamental, sea idéntico.
Un atardecer se presentó entre las "Coronas de novia" (las "Coronas de novia" son arbolillos que dan flores de un blanco adusto, en forma de diademas) un caballo, creo, que de muchos pies, o pareció venir con muchos pies.
Era azul, blanco, negro. Las niñas de la vecindad, y las de la casa, y yo, nos enamoramos de él. Le echábamos rosas y alelíes. El me eligió, creo, porque yo fingí una cierta indiferencia. A él, también, pareció no importarle nada.
Pero al fin, como digo, fue la boda, y el viaje.
Y todo quedó grabado y bordado, con lazos negros y blancos, en el óvalo del recuerdo y del olvido. Sólo que ese caballo era como pintado; nunca nadie lo vio, nunca apareció.
Pero, igual, todo fue tan veraz, que no tuve más remedio que contarlo.
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En este libro de las liebres, varias veces, aparezco como dando a luz un huevo. Y muchas, "como si fuera una paloma dé cuatro a las".
Y volverán las preguntas. "Uno de esos huevos se abrió. No sé qué salió de él". "Pero, sea lo que sea aún me sigue; su sombra filial y dulce se abate sobre mi".
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Yo me defino como una muchacha, una mujer, tal vez aparentemente impasible, extraña a todo; pero en cuyo interior brilla y bulle un vampiro terrible y bellísimo -o bellísimo y terrible- que terminará por comerse al mundo.

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