Fallecimiento-Eduardo Espina

Volverá y será la misma

Ayer a la hora 9 murió Marosa di Giorgio la gran poetisa uruguaya nacida en Salto y cuya obra trascendió idiomas y fronteras.

POR EDUARDO ESPINA

Uno de los privilegios que me ha dado la vida, tan escasa en milagros, fue haber sido amigo de Marosa di Giorgio. La misma lucidez que tuvo la primera vez que la vi, sentada en su reino del Sorocabana, una tarde de octubre de 1975, la demostró el viernes pasado cuando hablé con ella por última vez. Cuando los heraldos de la muerte ya se habían instalado en su jardín sin poder espantar a lobos y falenas que estuvieron al firme con la poeta hasta el último suspiro. También las bromelias. Marosa pasó por esta vida como un ángel exclusivo. Sus amigos y sus lectores sabemos que es verdad. Será tan extrañada como necesaria será su poesía mientras la palabra siga teniendo vigencia entre los mortales.

La obra poética

de Marosa es la realidad

de un mundo propio

Supongo que cuando me toque dar cuenta de las pocas cosas importantes que me ha tocado vivir, entre las principales estará la amistad de Marosa: su originalidad, su inteligencia, su don de buena gente. Su generosidad. Un ser humano excepcional que estuvo a la altura de una de las mejores obras poéticas que se han escrito en español, en esta época y en las de antes, cuando la gente todavía lloraba la muerte de sus poetas imprescindibles. Y Marosa, lo fue: única, irrepetible. Otra razón para estar más tristes y desolados por su desaparición.

Las palabras se quedaron solas, aunque ya están salvadas de la prueba del tiempo, porque Marosa pasó por esta vida no sólo para que sus amigos la quisieran tanto, sino para escribir una obra poética únicamente parecida a sí misma. Y eso, pocos lo logran. La poeta encontró una voz, reservada para ella, y se encargó de hacerla crecer y redimensionar: desde el primer volumen que editó, Poemas (1954), hasta el último, La flor de lis, publicado días atrás en Buenos Aires, y en el cual la poesía ya vislumbra la conclusión de una vida: "Si se va se termina el mundo. /Ella le contestó: Sí".

En 2000 Marosa reunió en los dos volúmenes de Los papeles salvajes sus doce poemarios hasta esa fecha, que dan cuenta de ese mundo mágico, maravilloso y tan al alcance del azoro que representó su obra, la cual empezó siendo percibida como rara y que es hoy canónica, Básica en el más estricto sentido poscontemporáneo. Marosa ha dejado escrito un mundo propio -místico, laberíntico- con infinidad de entradas y salidas; un mundo que una y otra vez cuestiona la lógica racional y sitúa su belleza en el comienzo mismo de un deslumbramiento; de una epifanía que sucesivamente genera otras y mantiene al lector en estado de perturbación. En esa admirable perturbación que generan las palabras cuando inventan realidades y logran convencemos de que las mismas existen.

Ahora, en el espacio breve que tengo, me pregunto: ¿de qué escribir cuando muere una amiga y poeta extraordinaria, qué momento salvar de los muchos que merecen ser recuperados por el lenguaje y que la tienen como esencial protagonista? A estas frases improvisadas por el corazón me viene un recuerdo, uno en especial. Este. A fines de la década de 1980 logré que Marosa fuera invitada a Estados Unidos donde dio varias lecturas poéticas en universidades, New York University, Washington University-St. Louis y Universidad de California-Berkeley, entre otras. El viaje salió redondo, aunque Marosa tuvo que acortarlo debido a la enfermedad de su madre, Clementina Medici. A pocas horas de regresar a Montevideo, compartiendo una copa de buen tinto y viendo el entusiasmo en su cara, le pregunté sobre lo vivido en ese periplo. Me respondió: "Vi árboles que nunca había visto". Sus verdades eran irrefutables. Verdades de alguien que ama la vida y la celebra.

Ha muerto Marosa di Giorgio. Cuesta escribirlo y todavía más creerlo. Se fue lúcida, clara, sin hacer preguntas. Como los grandes: como lo que ella fue. Hoy la entierran en Salto, pero desde ayer está con Dios.

Mi primer día de escuela

Vivíamos en Salto, en una hermosísima plantación. Tenía 5 años y mamá me llevó de la mano (a la escuela número 13). Aunque invisible, mamá me sigue sosteniendo la mano, como en aquella hora. Recuerdo el sol de oro; un tulipán en el mismo color, que a los pocos días llevé a la maestra. Pero lo que más se me grabó, insisto, fue mi madre, de sacón granate, dialogando con la maestra. Y un humo tornasolado que veló y alzó para siempre todo.

Marosa di Giorgio

Publicado en El Observador (2002)

Ver otra vez de cerca

Aquí un pasaje de una de las pocas entrevistas extensas que Marosa di Giorgio concedió. Fue publicada en El Observador el 31 de diciembre de 2000 bajo el título Cerca de los ojos de Dios. La versión completa su puede leer en www.observa.com.uy

¿SI PUDIERATOMAR EL TÉ CON DELMIRA AGUSTINI YJUANA DE IBARBOUROU, DE QUÉ HABLARÍAN?

Y, ¡vaya a saber! Yo soy de pocas palabras (hablando). Nos quedaríamos quietas cada una en su ábside o murmuraríamos sobre pequeñas cosas comunitarias.

Y SI SE FUERAN UNA NOCHE DE PARRANDA, ¿ADONDE LAS LLEVARÍA?

Y... a beber algún vino, oscuro, granate. Se ha dicho que si Dios comiera pan y uvas...

¿QUÉ CREE QUE HACE DIOS MIENTRAS USTED ESCRIBE?

Siempre me mira con sus grandes ojos celestes, fijos. Me mira siempre, cuando escribo y cuando no escribo. Hay que portarse bien.

¿CREE QUE HAY ALGO ETERNO EN ESTA VI DA?

Todo lo que fue volverá a ser. Y tenemos reminiscencias del futuro y esperanzas hacia el pasado. Como que vamos a encontrar la flor ideal.

¿HAY ALGO QUE HA VISTO, QUE LUEGO DEJÓ DE VER Y QUE QUISIERA VER NUEVAMENTE?

A mis padres, mis abuelos, los animalitos de mi casa, las bromelias de mi madre.

¿QUÉ COSAS CREE QUE PASARÁN EN El NUEVO MILENIO Y QUE USTED NO LLEGARÁ A VER?

No se sabe si no lo llegaré a ver. Y de todos modos: volveré y seré la misma.

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