Ausencia-Elvio Gandolfo

Ausencia inolvidable

10 setiembre 2004

En El País Cultural

Elvio E. Gandolfo

En ciudades de América Latina como Caracas (Venezuela), Medellín (Colombia) o Rosario de Santa Fe (Argentina) la muerte de Marosa Di Giorgio el 17 de agosto provocó reacciones no sólo en la prensa sino también silenciosas y personales de tipo peculiar. En cada una de esas ciudades la poeta uruguaya había estado presente, y, sobre todo, recitando. Esa presencia física y verbal, el aura que sabía emitir (la de un mundo al que tenía acceso desde niña) dejó impresos recuerdos que acentuaban los que provocan las palabras de su prodigiosa literatura. Sus "papeles salvajes" son textos intensos, suspensos entre el relato y el arrebato, entre la poesía y la experiencia del pánico, entre el humor y la maravilla.

En el caso de Montevideo, la ciudad donde vivió desde 1978, ese tipo de repercusión se acentuó, porque su presencia, su paso lento y majestuoso, de grandes pechos y cabellera rojiza, era uno de esos puntales que parecen sostener en parte no solo el paisaje sino también la mitología de una ciudad. Hay paseantes de la ciudad, usuarios persistentes de sus calles, que parecen llevarse con ellos trozos enteros de su cultura escondida, miles de detalles no oficiales, y de su paisaje humano, tocando de muy diversa manera a grupos enteros de sus habitantes. Algo así pasó cuando murió el pintor Espínola Gómez, o el publicista, polígrafo y poeta Iván Kmaid. Aun quienes nunca hablaron con alguno de ellos, extrañaron y extrañarán esas figuras inconfundibles que iban por las calles Yi, Ejido, Cuareim, Colonia o Uruguay, por nombrar sólo algunas.

Quienes disfrutaron del trato personal, incluso íntimo con Marosa Di Giorgio, compartieron su exquisita concepción de la cortesía, y de la amistad. En la noche del velorio, a eso de las 21.30, había poca gente. En uno de los bancos estaba una ardiente espectadora y crítica de cine, con su bastón, pálida, dolida: "Con todo lo que es mi vida", comentó en voz baja, "ahora me pasa esto. ¿Te das cuenta?" Pertenecía al grupo que solía reunirse alrededor de Marosa en el Mincho Bar (un latinista, un dramaturgo, algún otro). Para gente así, al menos por un tiempo, la inolvidable presencia de Marosa Di Giorgio se convirtió de pronto en una ausencia también inolvidable, persistente. Alguien amable, entretenido y bueno en la vida de todos los días se había ido, cancelando la disfrutable repetición de la charla y el vino compartidos.

Más que los licores, o el vino, Marosa amaba como una bebida demiúrgica el café. Y el café, para ella, no era hacerlo y beberlo en casa, sino "ir al café". En ese plano había sufrido ella misma la pérdida progresiva de un reino: el café Sorocabana, primero amplio en la plaza Cagancha, después más chico en la calle Yi, hasta su cierre definitivo. La fotografía de un libro de Alejandro Michelena sobre ese café, dejó registro documental de ella como habitué central de aquel célebre lugar de cálida soledad o encuentro.

LA VUELTA COMPLETA. En la entrega relativamente reciente de unos premios del Ministerio de Educación y Cultura, el discurso de Marosa Di Giorgio fue el más breve. Agradeció tranquila, lentamente, nombre por nombre, a quienes estaban allí presentes. Después prometió que seguiría "escribiendo mis papeles salvajes”. Apenas un par de meses antes de su muerte el sello argentino El Cuenco de Plata, dirigido por su fiel editor de los últimos años, Edgardo Russo (que cuidó la edición de sus últimos libros a través de los sellos Adriana Hidalgo, Interzona y el ya mencionado), distribuyó La flor de lis, donde los textos van acompañados por un CD que recoge la voz de Marosa recitando 26 poemas bajo el título Diadema.

Algunos textos en bastardilla en las primeras y últimas páginas pertenecen a los dos tomos de Los papeles salvajes. Entre paréntesis, una línea preliminar define a los textos aquí recogidos como "poemas de amor a Mario ", un nombre que aparece en algunos de esos textos y del libro nuevo. En esa magia de percepción siempre encendida de la flora y la fauna de una fronda más que personal eterna, Marosa logra el milagro extraño de licuar el tiempo, sin eliminarlo. Logra además un "ensopado" general de la sensibilidad y las supuestas acciones privativas de cada reino natural: los vegetales dan grititos o chillidos, los hongos no son sólo sensuales o sexuales (como en esa gran antepasada, Delmira Agustini), sino que hasta pueden ganar la movilidad, y convertirse en una especie de borrador de cuerpo humano.

Como en ese tour de force que fue su novela corta Rosa mística hay una atmósfera erótica repetida, vigorosa, hasta afrentosa para sensibilidades delicadas. El uso del lenguaje o los temas, cada vez más libre en sus últimos años, incluye un cuento de varias páginas con derecho propio, donde aparece la figura de un chacarero poderoso que viola a una niña, temática seguramente histórica y hasta reciente en Uruguay, pero pocas veces escrita.

A un nivel más conmovedor, aparecen a menudo las figuras de sus familiares, y en especial esa ubicua "mamá", que aquí suele aparecer, pequeña o en tercer plano, en rincones, roperos, o haciendo la comida. "Cuando revisaba los baúles me hallé a mamá. Vuelta una muñequita; cara de porcelana, y el resto del físico en fina tela. La reconocí enseguida. (...) Ella estaba muy viva, y nos saludamos, y ella repitió la historia de nuestras vidas, en un idioma muy suave y muy lúcido y que echaba por el suelo a los demás idiomas". Después están las numerosas tías, de nombres como Glicina, Pájara, Rosicler, Demonia. El texto de la página 117 parece aludir al poco frecuente grado de aceptación del grupo familiar: "Oí decir en casa que yo era bruja, una tarde en casa siendo tan chiquita. Algunos sollozaron, creo; alguien dijo: —No hay que asustarse. Nació así. ¿Por qué tener miedo?". Aunque al final aparece cierto resguardo: “...Algún día…, en tantos años... vuelvo a mi casa, rondo, sin animarme a entrar. Todos me miran tristes y aterrados, como si fuese una resucitada que viniese a molestar".

La obra de Marosa Di Giorgio, ahora de un tamaño aparente fijo, sigue moviéndose. Tal vez la actitud de una crítica que desafíe la mera glosa de su tono o sus elementos, que se concentre no sólo en su unidad sino sobre todo en sus variaciones (incluso biográficas, incluso históricas en sentido amplio) sea el mayor desafío que plantea, más allá del encantamiento que ejerce sobre sus lectores inmediatos. Quien la escribió ha recorrido la vuelta completa y regresado a su Salto natal, donde ahora descansa.

EN EL NÚMERO 195 de este suplemento el poeta Roberto Mascaró entrevistó a Marosa Di Giorgio y en el Nro. 510 fue entrevistada por Melisa Machado. En el Nro. 203 se publicaron dos textos. En cuanto a sus libros, fueron comentados los siguientes: Misales por Roberto Appratto, en el Nro. 260; Camino de las pedrerías por Hebert Benítez Pezzolano en el Nro. 420; Reina Amelia por Wilfredo Penco en el Nro. 551; y Rosa Mística por Elvio E. Gandolfo en el Nro. 711.

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