María Rodero-España

El encuentro
 

Por María Rodero.

Una tarde de junio cayó en mis manos un libro de poemas de Marosa di Giorgio. Abriéndolo al azar leo: “Ayer conocí el nombre secreto de mi casa. Era ya el atardecer, y todos paseaban, por la huerta, el jardín, la calleja (...) Entonces, tomé la lámpara, la más pequeña (...) Busqué el libro, sigilosamente, pasé hoja por hoja (...) Y yo la vi, no la rosa encarnada que estás imaginando (...) Sólo un pimpollo plano y claro, de pocos pétalos. Parece de agua, una gema de mármol, parece un lirio. Pero, Rosa es el nombre secreto de mi raza. La tarde caía como si fuera un siglo”. Unos pocos versos y sentimos adentro que algo nos atrapó, que el conjuro de la poesía surtió efecto.
Leer un poema de Marosa es sucumbir a un extraño hechizo, y es también, descubrir de nuevo el mundo con asombro. La mirada se llena de ángeles, hadas y demonios, de bosques encantados y casas de miel y almendra, de campos de trigo incendiados,  de sombras, presencias, muertos que se pasean por el jardín,  de abuelas encendiendo el fuego de las lámparas, de mujeres con cabelleras increíbles a merced de la luna, de caballos blancos, máscaras, flores y cadáveres exquisitos. Un vértigo de imágenes comienza a crear una realidad nueva que a la vez nos resulta extrañamente conocida. Con cada poema, la sensación de familiaridad se va acentuando, y pronto descubrimos, que la magia de su poesía reside en la capacidad que tiene de trascender el ámbito de lo concreto para revelarnos nuestra propia condición humana. La reconstrucción de su mundo en clave poética, su continua celebración en cada papel salvaje, transforman la chacra de Salto en un universo mítico, en un espacio sin tiempo, fronterizo, visionario, mágico, en definitiva, en un no-lugar que se parece más a un estado del alma.
Pero el viaje que Marosa nos propone no es sólo un camino de vuelta a nosotros mismos, sino  también un peregrinar por el tejido sutil que crea la Realidad. Con ella asistimos al nacimiento del mundo y nos dejamos deslumbrar por el milagro de la vida que acontece ante nuestros ojos. Atónitos por tanta belleza y misterio, extrañados al reencontrarnos con el mundo, volvemos a nombrar las cosas desde la voz de la poeta, “la tierra al abrirse, deja salir seres innominados: un hueso, un hongo, un huevo”. Nuestra mirada  presta atención a aquello que nos parecía sobradamente conocido y lo redescubre bajo una nueva luz: sentimos que pronunciamos cada palabra por vez primera.
Marosa nos ofrece la posibilidad de poder abrir los ojos y ver, de contarnos a través de la palabra y de recuperar una Realidad completa en cada uno de sus destellos. Este es el regalo de su poesía, el conjuro que me hechizó una tarde ya lejana.

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