Reina Amelia

LA ESCRITORA DE LAS QUINTAS Y EL EROTISMO

Más universo Marosa

La salteña Marosa di Giorgio es una de las escritoras que más desconcierto ha provocado en la literatura uruguaya. Su voz peculiar, su extraño e incandescente universo, la han transformado, año a año, en una poeta de culto, y no sólo en esta orilla.

ALICIA TORRES

ESE TERRITORIO TAN al norte del muy centralista y acaparador Montevideo, con sus cálidos veranos, sus quintas y naranjales, su intensa cercanía al gran río, sus recuerdos patricios y su vecindad casi intimidad con la Argentina, vía Concordia, y con el Brasil, ha dado a la literatura uruguaya los nombres próceres de Horacio Quiroga y Enrique Amorim. Ahora, es decir, desde hace más de tres décadas, se agregó, ineludible para todos los que reconocen la poesía, la voz de Marosa.

Ella creó un universo mágico y autosuficiente detrás del que, aunque el nombre del Salto no aparezca, se descubren las quintas y las chacras de su infancia en el departamento. Un mundo al que obstinadamente se negó a abandonar. La inauguración de una BRECHA salteña, casi coincidiendo con su publicación en Buenos Aires, alienta a recuperar el reconocimiento de su última obra.

Marosa llegó a Montevideo, donde fue un enigma su figura, su voz ronca, su tímida negación a "explicar" su lite­ratura y, una vez que se la conocía, su entrañable senti­do de la amistad. Los críticos la colocaron en el nutrido es­tante de los "raros" que desde Lautramont es una privile­giada tradición uruguaya.

Desde que empezó su carrera literaria escribió de un modo distinto a todo lo conocido, pequeños poemas en prosa que invitaban a entrar a un universo mágico y natural. Con intuición los llamó "Los papeles salvajes" y ese título todavía puede amparar a la edición completa de toda su obra.

Ahora han descubierto su obra en Buenos Aires, donde pronto se convirtió en una autora de culto. Además de recitales, se ha editado la recopilación de su obra en la editorial Adriana Hidalgo bajo el título de Los papeles salvajes. La naturaleza preside ese mundo agreste donde las plantas, los frutos, pueden de pronto convertirse en una presencia amenazante. Y alucinante. Los escritos de Marosa tienen la intensidad lírica de un mundo intransferiblemente personal, pero también cuentan historias. Las historias de infancia, donde asoma la madre, el padre, y las niñas que son azoradas protagonistas. Si ese mundo contenía la pulsión de una infrecuente sensualidad, es hace poco que todo ese hedonismo y pasión se transformó en abierto erotismo. Los breves fragmentos se extendieron, los personajes ganaron mayor continuidad y su escritura se hizo más nativa. Tanto que su último libro se presenta bajo el rótulo de una novela.

Reina Amelia. Yla es la ciudad de las “niñas señoras” que pueblan esta primera novela de Marosa Di Giorgio.*

Un escriba identificado hacia el final relata peripecias y fra­gilidades de sus vidas excep­cionales, atravesadas, de prin­cipio a fin, por la urgencia de siniestras y salvajes cópulas sexuales que en algún rescol­do de intimidad pregonan una disposición inocente y deli­ciosa. No hay contradicción, no hay sacrilegio, porque lo que propone este texto narra­tivo y poético rebasa las categorías del bien y el mal y borra los límites entre lo natu­ral y lo sobrenatural. Todo es extraordinario y ya. Yla se rige por leyes propias, igual que la escritura de Marosa, quien, en lugar de recrear el universo, lo inventa a su imagen y semejanza o a la imagen y semejanza de sus sueños perturbadores.

Si una insólita y misteriosa sensualidad marcó buena parte de la decena y pico de libros anteriores de la autora, Misales (1993) y Camino de las pedrerías (1997) anunciaron, desde el subtítulo reiterado de "Relatos eróticos", una apuesta unánime al erotismo más singular y voraz. En ambos, el ritmo de la prosa narrativa que ya estaba presente en su poesía inicial tomó cuerpo e inauguró una nueva modulación, tanto o más alucinante. Reina Amelia continúa desplegando esta obra iniciada hace varias décadas, siempre fiel a sí misma, siempre diferente, capaz, al parecer, de autoabastecerse hasta el infinito. Una saga fascinante y sin antecedentes en las letras uruguayas (y una de las experiencias más originales de la literatura hispanoamericana moderna) que no parece tener fin ni comienzo, y donde sus criaturas (en el universo Marosa no siempre es cómoda la clásica denominación de "personajes") están presentes y ausentes a la vez, son una y varias a un tiempo, fugan siempre transfiguradas hacia otra cosa. El erotismo en Reina Amelia es, más que nunca, el de un lenguaje de sostenido impulso poético/ erótico construido por palabras que, más que nombrar seres y objetos para contarlos, son la carne y los deseos de esos seres y objetos, y como tales suspiran, gimen y se aparean con prisa y sin pausa hasta que el lector cierra el libro extenuado y sudoroso o se deja cautivar por el dominio avasallante y excluyente de pulsiones propias y ajenas.

Reina Amelia es novela espiralada y arborescente, pero bien pudo ser libro de relatos por los diversos modos de lo erótico que explora, porque cada circunstancia, cada episodio padecido o gozado por las "pequeñas-señoras" narra un suceso que empieza o termina en extrañas uniones preñadas de sentidos, autónomas y dependientes a la vez. En ese universo es posible que sucedan cosas mágicas y terribles, como que "(...) Su actuación —la de ella— se llenó de pollos y de vampiros. En cada recodo de ella había otra molusca mujercita. Estaba centuplicada. Una pinza capaz y rapaz que roía. Broderick vio cómo se le desarmaban los huesos. No podía desprenderse de ese devorador almohadón, de esa pavorosa mañana de reyes.

Al fin, desconectó como pudo, dando un grito. Un ¡Ah!... que atravesó el cielo morado de Yla. Fue víctima de un bárbaro temblor. Se metió en el lago. Ella también; se bañaba de espaldas. Salió, púsose el manto negro y se fue. El acoplamiento terrible había acontecido debajo de una planta negra, todavía ésta trepidaba y se balanceaba. Había quien decía después que la planta llegó a caminar, enloqueció por lo visto y también sentido…

* Reina Amelia, de Marosa di Giorgio.

Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 1999, 173 págs.

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