La liebre de Marzo

El fascinante país de Marosa di Giorgio

Desde Clavel y tenebrario, aparecido en 1979, no había vuelto a encontrarme con la poesía de Marosa di Giorgio, esa uruguaya alucinada a quien el verso se le hace prosa y verso otra vez, en tanto crepita y se quema de su propia llama, de su propia imaginación prodigiosa. Ahora, con un cierto retraso, llega a mis manos La liebre de marzo (1), su última entrega, en la que su quehacer de siempre se muestra ornado por los flecos de la infancia, por la memoración de un tiempo que quedó atrás, pero que, al evocarlo -las primeras letras, la omnipresencia de la madre-, cobra perspectivas inéditas, angulaciones insólitas, perfiles que la distancia modifica, como si las manos trabajasen una cera propicia y amarilla.

Qué país fascinante es mi país, escribe Marosa. Lo fue siempre. Un país en el que habitan las diamelas delicadas, las albertas, las amelias, las camelias, las romelias y las rosamelias -en las que nacen bichos raudos, tal el mariposín de oro-, e incluso las bromelias, con un fino ramo de hilos verdes, y las jimenas, frutas con ojos y cabellos, y las marimonias, con coronas de fuego, y la flor de cangrejo, de un rosado delirante; un país por el que pasean los unicornios y los lobizones, las ovejas que alumbran seres humanos, la paloma de la paz, la virgen de los insectos, con diadema y muchísimos pies, el hada multialada, el dios del maíz, negro y de ojos sesgados; la sombra del gato salvaje y la liebre de marzo, junto a otras liebres, «una terrible concentración de liebres», algunas, altas como un caballo, capaces de arrastrar un carruaje, otras, vidriadas, irisadas, voladoras, encapuchadas, enguantadas -los ojos sepia, la boca roja-, devoradoras de rosas y gladiolos; un país cuyo cielo cruzan los pájaros que viven bajo el agua, los pájaros homosexuales de alas incendiarias, que portan una rosa bermeja en la cabeza, las palomas de cuatro alas y un sinfín de mariposas, «celestes, grandes, fuertes, consistentes, casi de raso, con las puntas labradas, tal si las hubiera hecho una modista y bordadora, modista y mariposa», y amarillas, color de fuego, blancas, negras, gritadoras, cantadoras, desazonantes. Marosa ama las cosas que salen de la tierra o de la subtierra de ese país suyo turbador y fantástico, ya sean los tucu-tucs, de carita picuda y sacón sedoso, o los árboles de frutas luminosas, o las plantas que dan luciérnagas, o el viñedo mágico poblado de libélulas en los atardeceres. «Tengo una memoria tremenda y veo cosas que sucedieron antes de que yo naciese», afirma. Y nadie puede dudarlo; como nadie dudaría que ve también lo que no ha sido jamás, lo que pudiera ser algún día, lo que fue, sí, pero transformado, dibujado de nuevo, recreado, pasado por un tamiz, por una tela que hilaran arañas imposibles.

“Vengo del antiguo reino. De la laguna infernal», escribe. Mas el infierno marosiano no es terrífico ni desgarrante, sino sólo inquietante, desconocido, imprevisible; un infierno en el que brotan huevos, huesos, nardos salvajes, muñecas, murciélagos; del que puede surgir, claro, el diablo, con alas violetas y rectangulares, mamífero o insecto, pero que pronto será contrarrestado por la aparición de la Virgen o de Dios mismo -largo el cabello rubio y un clavel en el corazón-, cuando no de su cohorte de santos o de ángeles diversos y brillantes. Lo real y lo soñado, lo mítico y lo feérico, lo maravilloso y lo absurdo se mezclan en estas páginas traspasadas de lirismo, en las que a veces prevalece lo greguerístico sobre lo metafórico (tal es el poema del caracol, al que se le llama «espiral de humo que no crece» o «miniporcelana trashumante»).

En su constelación o prólogo» para este poemario, escribe Enrique Estrázulas: «He notado que el libro leído sofocó durante una hora el cuarto en donde leo, que los cinco sentidos recibieron una poderosa invasión, que he visto a la liebre de marzo cruzando el cercano mar metamorfoseado en campiña. La vi desnuda entre las plantas, la vi en la noche con su delgada rama en el eterno encuentro con una sombra masculina, sentí la libertad bajo la constelación de este mundo. Respiré, en suma, un hálito que no merece la compleja cárcel de la biblioteca». Ni la merece ni la soporta. Se va, se está yendo siempre; nube, arcángel, sueño, brisa, lunada, búho sagaz y deslumbrado siempre.

Carlos MURCIANO

(1) Marosa di Giorgio: La liebre de marzo. Calicanto, Arca Editorial. Montevideo, 1982. 87 páginas.

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